Pasión y muerte de Jesús

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Cristo crucificado de Velazquez

Cristo crucificado
de Velazquez

Tal y como nos decía ayer el Dr. Ramos, estamos en semana santa y con motivo de estas fiestas, me gustaría traer a nuestro blog amplia-mente.com un tema relacionado con la temática de la misma. En la entrada anterior hablábamos del sufrimiento y del dolor psíquico y moral que sufrió Jesús en las horas finales de su vida. En la de hoy me gustaría hacer un escueto análisis del sufrimiento y del dolor físico de este hombre que vivió hace 2000 años y que padeció la muerte de cruz.

Passion and Death of Jesus

As we said yesterday Dr. Ramos, we are holy and because of this holiday week, I like to bring you our amplia-mente.com blog a topic related to the theme of it. In the previous post we talked about the suffering and the mental and moral pain that Jesus suffered in the final hours of his life. In today I’d do a brief analysis of the physical pain and suffering of this man who lived 2000 years ago and suffered death on the cross.

Si nos fijamos en las miles de tallas que se pasean por nuestras Semanas Santas, lo primero que nos llama la atención es lo bien que la mayoría de los autores han sabido recoger la tortura psicológica que sufrió cuando, sabiéndolo de antemano, uno de sus compañeros de viaje, lo iba a entregar a los romanos, que ocupaban Palestina en el siglo I. Capturado, vencido y humillado ante los que lo seguían. De tribunal en tribunal de peregrinación, hasta llegar al representante de Roma que lo manda a azotar y lo condena a la crucifixión.

Las primeras lesiones que le infligen a Jesús fueron las múltiples laceraciones y heridas inciso-contusas ocasionadas con la flagelación. Los romanos usaban para estos menesteres el “flagellum taxillatum” formado por una barra a la que se atan varias tiras de cuero y en los extremos de las mismas se colocan restos de piezas metálicas, cada verdugo lo adornaban con lo que creían que podían ocasionar mayor daño. Además al penado se le ata a una columna, generalmente de pequeño tamaño, que obligaba a este a inclinarse, flexionando el tronco, lo que provocaba que los latigazos profundizaran más y lesionaran directamente a los músculos dorsales. Además se producían lesiones en brazos y antebrazos, tras los cuales el ajusticiado trataba de protegerse. Según cuenta la historia, habitualmente los condenados a este castigo recibían 40 latigazos.

Lo siguiente, y tras la flagelación, fue la colocación de una corona de espinas con la que los romanos se quisieron mofar de Jesús, ya que los que le seguían le llamaban Rey. Existen muchas teorías de la planta que se habría utilizado para la fabricación de la misma, lo que si está claro es que se debió de tratar de una planta de ramas duras pero flexibles y con abundantes espinas, largas y duras. La colocación de la misma sobre la cabeza provocó múltiples incisiones punzantes en todo el perímetro craneal y facial, ocasionándole además de la humillación de ser coronado, gran dolor y consternación.

Era tradición entre los romanos que el penado que iba a ser crucificado, cargara con su propia cruz desde el tribunal hasta el sitio donde iba a morir, por lo que Jesús fue cargado con una cruz de madera, que podría pesar aproximadamente entre 70 y 80 kg, y tuvo que recorrer varios kilómetros, que es la distancia que separa el Palacio de Justicia de Jerusalem hasta el Calvario, a las afueras de la ciudad, sitio donde tradicionalmente se considera que fue crucificado. Este peso sobre su espalda, ya dañada por los latigazos, le vence y acaba cayendo varias veces al suelo, provocándole traumatismos sobre ambas rodillas y las manos al apoyarse en la tierra.

Una vez que llega a su destino, Jesús va extenuado, por el propio cansancio del trayecto recorrido cargado con el peso de la cruz y además por las hemorragias que iría sufriendo como consecuencia de las laceraciones por la flagelación. Allí tumbaban a los penados sobre la cruz en el suelo y eran enclavados en la misma. Generalmente se clavaban las manos, una a cada lado de la cruz y los pies juntos, uno delante del otro. La localización del clavo en las manos ha sido discutido tradicionalmente, ya que un gran número de iconografías de Cristos representan el clavo entrando entre el 3º y el 4º espacio intermetacarpiano de la mano, pero se ha discutido sobre si, por el peso de todo el cuerpo colgando de este pequeño músculo, no ocasionaría el desgarro de la mano. Otras teorías preconizan que el clavo no fue introducido en las manos, sino en las muñecas, entre la primera y la segunda fila del carpo, lo que impediría este desgarro. Sin embargo, se han llevado a cabo estudios biomecánicos experimentales en los que se pudo comprobar que los músculos intermetacarpianos podrían soportar todo el peso del cuerpo sin que se ocasionara su desgarro. Así que esto no queda claro, lo que si es evidente es el daño producido por la introducción a base de golpes de martillo, de un clavo en ambas manos y en los pies.

Una vez enclavado, la cruz era izada y con ella el penado, que quedaba suspendido por sus brazos que soportan todo su peso. Los miembros superiores quedaban en hiperextensión, con el tórax adelantado y estirado longitudinalmente, lo que provocaría que los músculos intercostales quedaran en tensión, impidiendo que la caja torácica se movilizara correctamente durante los movimientos de inspiración y espiración. En estas condiciones el volumen de aire que entraría en el tórax durante la inspiración se vería reducido prácticamente a la mitad y el volumen de aire que se espiraría también se vería reducido, lo que conllevaría a que quedara un volumen de aire residual sin intercambiar en el interior de los sacos pulmonares, todo ello implicaría una insuficiencia respiratoria que se iría agravando progresivamente al ir aumentando el volumen de aire residual, hasta llegar al agotamiento respiratorio completo.

Según cuenta la tradición, los judíos no permitían que los romanos mantuvieran los cuerpos de los ajusticiados durante el día santo del sábado, por lo que habitualmente se aceleraba la muerte fracturándole las piernas, pero a Jesús, creyéndole muerto, no se le fracturaron las piernas sino que le infringieron una herida punzante en el costado derecho. En el siglo I se pensaba que la vida dependía del hígado, localizado en el flanco derecho, por eso la herida fue provocada en esta zona. En concreto se aprecia en la imaginería una herida penetrante, ocasionada por un arma bicortante, plana y con bisel en el borde inferior de la herida, lo que indicaría que se produjo de abajo hacia arriba, de derecha a izquierda, en el 5º espacio intercostal y que, tal y como se refleja en la Sábana Santa de Turín, tendría una longitud de 4 cm  y de 1´5 cm de anchura máxima en el centro de la misma.

Al estar localizada la herida tan alta, podría haber penetrado en cavidad torácica, y posiblemente incluso podría haber penetrado en cavidad pericárdica, no descartando que se hubiese alcanzado la cavidad cardiaca. Así mismo con la perforación de la cavidad torácica, se produciría un neumotórax por entrada de aire del exterior al espacio interpleural, lo que dificultaría aún más la respiración, ya de por sí comprometida como hemos visto anteriormente.

Según cuentan las escrituras cuando lo lancearon salió agua y sangre. Esta mezcla de líquidos podría originarse como consecuencia de la salida de líquido del derrame pleural que estaría sufriendo Jesús y acompañada de sangre originada por la rotura de vasos, conforme la lanzada iba penetrando, incluso podría proceder parcialmente de la rotura cardiaca.

Por tanto podríamos decir que la muerte de Jesús se pudo haber producido como consecuencia de la suma de un shock traumático e hipovolémico, por la gran pérdida de sangre ocasionada por las múltiples heridas y laceraciones de los latigazos, asociado a una insuficiencia respiratoria posicional progresiva, con derrame pleural asociado y por un neumotórax a tensión tras la apertura de la cavidad torácica. Además de la posible rotura cardiaca que pudo ocasionar la lanzada.

Lo que si está claro es que el martirio ideado por los romanos era inhumano así como el final de muerte de cruz, podría catalogarse como uno de los más traumáticos ideados a lo largo de la historia. Tengan buena Semana Santa.

 

Sebastián Díaz About Sebastián Díaz
Dr. Sebastián Díaz Ruiz, soy Medico Forense en el Instituto de Medicina Legal de Málaga. Me apasiona la Patología Forense. Experto Universitario en Metodología de Investigación en Drogodependencias. Miembro de la Sociedad Española de Patología Forense y de la Asociación de Médicos Forenses de Andalucia. Autor del libro “Manual de Tanatopraxia y Tanatoestética”. Pero ante todo, mi principal inquietud es la investigación y aprender cada día algo nuevo.

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Un comentario de “Pasión y muerte de Jesús

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